Artistas de vanguardia y I guerra mundial (II): el nacimiento del artista político.

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 «El disgusto se aplicaba  a todas las formas de la civilización llamada moderna (…)

y la revuelta asumía modos en los que lo grotesco y lo absurdo

superaban con mucho los valores estéticos».

Tristan Tzara.

El final de la I Guerra Mundial se precipitó con el inicio de la Revolución alemana de Noviembre de 1918. El ejército alemán capituló poco después de que EE.UU. entrase en el conflicto. En marzo de ese año, el general alemán Erich Ludendorff había conseguido firmar un ventajoso acuerdo de paz con Rusia, aprovechando la debilidad del país tras la marcha del zar y por la posición bolchevique, contraria a continuar con la guerra para centrarse en la construcción del nuevo estado tras la revolución de Octubre de 1917. A la vez, la Revolución bolchevique había prendido en el ánimo de los cada vez más alemanes que se mostraban contrarios a la guerra, convocados en su mayoría por el ala izquierdista del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) y por la Liga Espartaquista (Spartakusbund), el movimiento de corte marxista fundado en 1916 por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht.

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Desde 1916 el ejército gobernaba el país de facto, habiendo puesto casi todos los recursos al servicio de la guerra e imponiendo durísimas condiciones de trabajo a los sectores productivos más relacionados con ella. Las huelgas dentro de la industria armamentística y las protestas en la calle se hacían cada vez más numerosas. La paz peligraba en el seno del Reich.  Ante la inminente derrota, Ludendorff intentó ocultar al Káiser Guillermo II la posición de debilidad del ejército alemán, tratando de extender la opinión de que la guerra se había perdido por la falta de apoyo desde dentro del propio país, acusando a partidos políticos y elementos de la izquierda de haberles vendido al enemigo cuando la guerra estaba a punto de ganarse. Esta leyenda, conocida como el mito de la puñalada por la espalda, explica en gran parte la llegada de Hitler al poder.

Representación del mito de la puñalada por la espalda

Representación del mito de la puñalada por la espalda

En el período que transcurre entre el final de la guerra, en noviembre de 1918 y la aprobación da la nueva constitución de Weimar en Julio de 1919, se suceden los conflictos entre las diferentes facciones políticas y estamentos de poder, que luchaban por la visión particular que cada uno tenía de la nueva fase política que se abría en Alemania tras la revolución. A pesar de haber contribuido en un primer momento a la agitación social y más tarde al derrocamiento del Káiser, la posición del partido socialdemócrata (SPD) era manifiestamente continuísta y su deseo era sofocar una revolución que veían demasiado virada hacia la izquierda. La izquierda comunista rechazaba la solución democrática que planteaba el SPD y quería culminar la revolución en un momento que consideraban histórico para el país. La genial cartelería alemana al servicio de la revolución nos dejó carteles como este, en el que el puño de la Liga Espartaquista aplasta el atrio del parlamento y a sus ocupantes.

Vota Espartaco. Cartel de la Liga Espartaquista contra el proceso de elecciones abierto tras la Revolución Alemana de 1918

Vota Espartaco. Cartel de la Liga Espartaquista contra el proceso de elecciones abierto tras la Revolución Alemana de 1918

 

En Enero de 1919 el levantamiento espartaquista, que deseaba dar continuidad a la revolución alemana de 1918, fue aplastado en Berlín por los Freikorps (paramilitares ultranacionalistas bajo el mando del SPD), y Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron capturados, asesinados y sus cuerpos arrojados a un canal. Ello provocó el odio de los comunistas hacia el nuevo gobierno; consideraban que durante el establecimiento de la república se traicionó la revolución. A su vez, altos mandos militares, antiguos partidarios del Káiser, sectores conservadores y la derecha nacionalista, encontraron en la depresión económica y en los efectos de las duras condiciones de paz que los vencedores impusieron a Alemania, el sustento ideal para seguir alimentando la versión de que el ejército había sido traicionado y el país vendido a los enemigos por los que en este momento ocupaban el gobierno. La profunda asimilación de este mito por amplios sectores de la sociedad será clave para entender la llegada de Adolf Hitler al poder.

 

Las consecuencias que el desenlace del conflicto y la revolución tuvieron en el arte alemán fueron enormes, por cuanto supusieron, de entrada, un golpe casi definitivo al Expresionismo, no tanto a su popularidad como a la genuina espiritualidad que hasta ese momento había sido la base de su desarrollo. Los valores que habían hecho de la pintura expresionista una de las primeras vanguardias a comienzos de siglo, habían quedado obsoletos en razón de su ingenuidad y de su excesiva valoración del pasado romántico; un pasado que de la noche a la mañana había dejado de ser glorioso y enriquecedor para el pueblo alemán para convertirse en un penoso y doloroso recuerdo de la grandeza perdida durante la guerra. Pero además se juzgaba que la crítica que el Expresionismo hacía de la sociedad moderna era errónea, pues la revolución espiritual que propugnaba estaba completamente alejada de toda objetividad. El cambio de actitud hacia una postura más “real” ya se había dejado ver durante el conflicto, pues como puede verse por las cartas y escritos que reproduje anteriormente, no bien había comenzado éste, el hastío de muchos artistas se hacía ya patente. Véase la siguiente ilustración de Georges Grosz, extraída del libro El sinvergüenza del arte (1919): militares, ricachones, tullidos y mendigos representaban el Berlín de posguerra.

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La repulsa del intelectual alemán hacia una guerra que pronto descubrió que no era la suya, y su decepción posterior con la deriva de una revolución popular fallida que podría haber hecho la derrota incluso positiva, se convierten así en elementos clave para entender la postura escéptica y desengañada que adoptaron algunos artistas ante la nueva realidad del país. Pero sobre todo, se hizo manifiesto el enfado que sentían hacia un poder militar que, habiendo llevado el conflicto hasta sus últimas consecuencias, había hecho al pueblo y al poder político depositarios del fracaso de su propia aventura bélica; más aún, el poder que aún tenían se presentaba como una amenaza para la frágil nueva democracia; no sorprende, pues, que el gobierno se comportara de forma condescendiente con él (tras el golpe de estado de Múnich en 1923, Hitler solo fue condenado a 9 meses de prisión). Como veremos en el próximo post, los años de la república de Weimar fueron intensos en cuanto a la producción artística, hasta que en 1933 llegara Hitler y pusiera fin a este período. Así, el descontento social y el desprecio por la clase militar y política serán el catalizador de las principales manifestaciones artísticas de esta etapa, representadas sobre todo por el Dadaísmo Berlinés. Nacerá el artista político, entendido como aquel que muestra a través de su obra su militancia en favor de una causa.

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El fin del conflicto llevó a Europa durante algunos años lo que se ha conocido como una “vuelta al orden” en el arte. El primer período de experimentación vanguardista quedó interrumpido por el inicio del conflicto y el fin del mismo hizo que las cuestiones estéticas que se plantearan a principios de siglo perdieran validez tras él. Aun así, la nueva realidad del continente no hizo que se desanduviera el camino hecho hasta entonces. Las nuevas manifestaciones artísticas continúan la senda de experimentación abierta a principios de siglo y en el caso de aquellas en las que se observa un mayor realismo visual y un estilo figurativo no obedecen -salvo excepciones- tanto a una actitud reaccionaria como a una objetivación de los efectos “clarificadores” que la guerra había tenido. Es importante destacar, pues, que algunos de los juicios sobre los que el arte de las primeras vanguardias había surgido no solo no desaparecen, sino que repensados y adaptados, serán fundamentales para el desarrollo de nuevas y diferentes propuestas.

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