LA MEMORIA COMPARTIDA DE OTTO DIX

Hugo Erfurth Otto Dix in front of his Self-Portrait with Martha, 1922 Photograph. 13,9 x 8,8 cm Kunstsammlung Gera, Dix-Archiv © Ulrich Fischer

Hugo Erfurth: Otto Dix frente a su autorretrato con Martha, 1922. Fotografía, 13,9 x 8,8 cm Kunstsammlung Gera, Dix-Archiv © Ulrich Fischer

Esta mañana escribo de Otto Dix como si fuera de un amigo muerto, una presencia familiar que no desaparece porque se fuera haciendo cada día más indeleble, un recuerdo grabado a sangre y fuego que uno siempre llevara en el morral, junto a las cosas imprescindibles para el viaje. «Ten presente que las cosas que te metes en la cabeza están ahí para siempre», era lo que decía el padre caminante a su hijo, todavía esperanzado, en el asfalto de La carretera, la novela de Cormac McCarthy. Otto Dix sabía bien de eso: imágenes cosidas con un hilo invisible, sedal inencontrable que al final se vuelve cuerpo. La historia, por tanto, es una historia íntima; me refiero a la que me une a Otto Dix.

Otto Dix (1891–1969), Alte Dame, 1932. MoMA, Nueva York.

Otto Dix (1891–1969), Alte Dame, 1932. MoMA, Nueva York.

En los primeros sueños, siempre aparecía como un soldado desharrapado y ojeroso, su pelo rubio lleno de barro, arrastrando una cuerda a cuyo extremo había atado algo que ya no estaba. En ese tiempo, poco sabía de él. Su nombre aparecía a cada tanto en las historias de soldados y escritores con las que estaba familiarizado, pero su vida siempre se escondía entre otras muchas. Por entonces, había tres sombras que parecían devorarlo todo, casi como el gas de las trincheras; me refiero a Georg Trakl, Ernst Ludwig Kirchner y Franz Marc. Entre ellas -esquivo a los fastos de la muerte, temprano en su férrea voluntad de permanencia 1– el fantasma de Otto Dix empezó a entrecruzarse en el camino de las secretas obsesiones de una generación, tal vez la mía, deshabitada de memoria.

El precio fue el trastorno, a veces la náusea; otear desde la cima del caos el paisaje desolado de una vida despojada de su nombre. Árboles quebrados como esqueletos suplicantes, caballos encendidos con el vientre abierto, ratas hambrientas sin menor humanidad que la del hombre… Eso fue la guerra.

Eso es. Lo dijo él mismo: «Hay que haber visto a los hombres en ese estado voraginoso para saber algo sobre ellos». A partir de entonces, la memoria se convierte en un interruptor: apaga la esperanza de una redención total, enciende la presciencia de una salvación mínima. Todo nace precisamente ahí, de la necesidad de ver y, por tanto, de la pulsión por orillar el autoengaño. En sus palabras: «Soy un hombre de la realidad. Tengo que verlo todo».

Contra ese instinto, de nada vale sostener la venda. Él no quiso ponérsela. A través de sus cuadros empecé a saber lo que de mío tienen los otros: el veterano mutilado que se arrastra por el suelo pidiendo limosna, la prostituta con el hijo enfermo, el niño atravesado de ausencias primerizas o el joven periodista despedido por decir la verdad. Tipos humanos nacidos del barro de una realidad esquizoide, en un tiempo profundo, al cabo hecho surcos, que devora el sueño de una humanidad mayúscula.

Su gesto serio, a veces triste, que ya no puedo imaginar afable, se alumbra con la mirada del que, pensamos en Nietzsche, lleva un campo de batalla dentro; un hombre tocado que hace lo que tiene que hacer, pintar, un hombre que tiene en sus manos las marcas de un tiempo preñado de naufragios, en cuyas obras espejea la enigmática belleza de lo que nunca brilla, de lo que fue amputado, de lo deforme, de un mundo todavía no infectado por la asepsia del olvido.

Finalmente, la historia de Otto Dix se mezcla con la historia de la literatura a medias, mi historia de la literatura a medias. Porque confieso que llevo varios años tomando notas para una novela que, ahora ya lo sé, no voy a escribir, cuya trama tiene que ver con los cuadros de la primera etapa del pintor alemán y en la que tiene mucho que ver mi propio acercamiento a la Alemania de entreguerras. Una historia inacabada, claro está, que sin embargo no está muerta y a la que vuelvo a cada tanto, como justamente ahora. Se la debo a la mirada de Otto Dix, el que quiso verlo todo y no cerró los ojos, del que aprendimos a mirar sin pensar las consecuencias.

Juan Cruz López (1979), es licenciado en Humanidades y en Antropología social y cultural. Trabaja en el archivo histórico de Jaén, es escritor y editor de Piedra Papel Libros.

 

 

 

  1. Todos los artistas mencionados, incluyendo Dix, participaron como voluntarios en la Primera Guerra Mundial. Franz Marc pereció en Braquis (Francia) en 1916.

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