La Mirada de las Mil Yardas

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I. El avión toma tierra. El momento fatídico ha llegado y no sabes cómo afrontarlo. Has luchado a sangre y fuego contra los japoneses en Peleliu; tomaste la colina de la Hamburguesa en Vietnam –conocida así porque sobre el terreno no había más que carne picada-; perseguiste fantasmas barbudos en las cuevas de Bora-Bora mientras vivías con la certeza de que en cualquier momento una bomba apostada en el arcén podría reventar los bajos de tu carro blindado y tus piernas. Miraste a los ojos a amigos y enemigos mientras morían frente a ti; diste tiros de gracia, viste llover fuego, conviviste con la masacre, conociste el horror.

Pero ahora el avión acaba de aterrizar y tienes más miedo del que nunca sentiste en Japón, el Valle de Ashau o Kandahar.

Photo by Staff Sgt. Brendan Mackie, 2 July 2012

Sargent Tim Martin. Photo by Staff Sgt. Brendan Mackie, 2 July 2012

Las puertas se abren. En primera línea, apostados frente a tu familia, como el último checkpoint que debes atravesar antes de llegar a ellos, te esperan el ministro, la plana mayor del ejército, una banda de música y una bandera que en breve besarás con asco. Lo has estado pensando mucho últimamente -aún hay destellos de lucidez en mitad de la pesadilla-, y por fin te has  dado cuenta de lo que el resto del mundo ya sabía: que no hay romanticismo en la guerra, -como ya apuntó Franz Marc poco antes de morir en Verdún– que el concepto de patria no significa nada y que solo eres carnaza en un juego que va mucho más allá de los discursos y la propaganda que el poder inventó para que murieras por él.

Pero ahora el avión acaba de aterrizar y tienes que fingir ser parte de la mentira.

Sabiendo lo que ahora tú sabes y habiéndolo vivido en todo su horror, no entiendes por qué aún se sigue enviando a la gente a morir de esa manera, sabiendo el estado en que volverán, si es que vuelven. Ahora sabes que siempre ha sido así y lo que más te ha dolido es darte cuenta tan tarde de que, creyéndote importante, eras justo lo contrario: un idiota enviado a morir voluntariamente.

Da igual donde mires, tus ojos no se mueven. Siguen enfocados hacia el mismo sitio, que es ninguno y todos a la vez. Ya no ven nada, los tienes abiertos por pura inercia porque en realidad están mirando hacia adentro.

II. La primera persona en documentar el fenómeno desde entonces conocido como 1000 Yard Stare fue el corresponsal de guerra y pintor Thomas Lea. En 1944, Lea retrató a un marine durante la batalla japonesa de Peleliu. Según el artista,

«el marine había viajado desde EEUU hacía 31 meses. Fue herido en su primera campaña, sufrió enfermedades tropicales, dormía mal y durante el día se dedicaba a enterrar japos; había perdido a dos tercios de su compañía y esa misma mañana regresó al frente. ¿Hasta dónde es capaz de soportar un ser humano?»

Tom Lea, 1000 Yard Stare, 1944.

Tom Lea, 1000 Yard Stare, 1944.

Tituló el cuadro Marines Call It That 1,000 Yards Stare, por como algunos soldados afectados por estrés postraumático poseían esa mirada perdida y unos ojos a los que parecía que les hubiesen arrancado la vida. El cuadro apareció publicado en 1945 en la revista Life, ilustrando la idea de la fatiga de batalla.

Desde entonces se han documentado casos de miradas de las 1000 yardas en numerosas ocasiones, casi siempre en soldados previamente sometidos al trauma de la guerra. El último gran caso lo tenemos en el World Press Photo de 2007, la instantánea de un marine americano en Afganistán tomada por Tim Hetherinton a su regreso de la batalla. En el rostro del soldado no se adivinan ni dolor, ni terror, ni furia, tal vez solo el cansancio de un hombre que refleja el cansancio de una nación. Popr lo demás, hay un sinfín de cosas que solo podemos percibir pero no mensurar cuando contemplamos ese rostro borroso presa del shock.

Tim Hetherinton. World Press Photo 2007.

Pero la guerra no ha sido el territorio exclusivo en que hemos podido contemplar el rostro de la nada que sucede al horror.

III. David Guetta, Festival Tomorrowland, 2014. En plena escalada de graves, justo antes de que rompa el temas y los presentes levanten la cabeza al cielo, cierren los ojos y se entreguen a su Dios, este les contempla condescendiente, paternal. De repente, su cara se convierte en cera. Clava los ojos en el vacío y nuestro Kurt proyecta hacia las masas el fruto del corazón de sus tinieblas.

¿Qué le pasó a David Guetta? ¿Un flashback, un súbito momento de lucidez extrema en medio del desparrame? ¿Una epifanía, un momento de catarsis en que por fin fue uno con su música, con el público, con la naturaleza, con Dios? ¿O simplemente le subió el eme en aquel preciso momento?

IV. Pep Guardiola en conferencia de prensa, 2015. Todos sabemos del ensimismamiento del técnico catalán, el último gran romántico del fútbol. Dejemos a un lado su concepción poética y arquitectónica del deporte rey para centrarnos en esta pavorosa secuencia, capturada el año pasado en la previa a un partido del Bayern de Munich. Benítez, el malogrado entrenador del Real Madrid, balbucea su retahíla particular sin comprender -en su más que evidente y consabida estupidez congénita-, que el objeto de sus alabanzas no puede escucharle porque se encuentra en un mundo paralelo, viajando a su yo interior, preguntándose tal vez qué extraños designios del Dios del fútbol permiten acercarse a Él a huesos del método y el bocata de chorizo como el propio Benítez o a absolutistas de la pizarra y el victimismo gollumiano como Mourinho.

Nuestros gestos son reflejos exteriores de lo que se cuece dentro. Nunca ha habido mejor método para interpretar el ánimo de la persona que escudriñar en sus ojos en busca de algo. Tal vez por eso, la ausencia de ello nos turba y nos fascina, pues es reflejo del negro, del vacío absoluto, de la pureza total de la nada.

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